viernes, 30 de junio de 2017

JULIÁN ANDRADE, EL AMIGO DE MOREIRA.

JULIÁN ANDRADE
Una parte de la vida de Juan Moreira en Tandil

Una historia rica de vicisitudes, legendaria, que ocupó una página en la literatura argentina y que reflejó toda una etapa política, fue la de Juan Moreira y su fiel amigo Julián Andrade.
Tandil no fue ajeno a estas vidas agitadas porque Andrade al final de su vida vino aquí a pasar sus últimos años y vivió con su familia hasta su muerte.
Eduardo Gutiérrez inmortalizó la vida de ambos y acerca del desenlace que costó la vida de Moreira y el rol de su amigo nos dice: Por el camino, Moreira había encontrado a Julián Andrade, gaucho muy valiente, a quien invitó a la parranda y a tomar parte en el combate que sostendrían contra el pequeño ejército que les esperaba.
Moreira, acompañado de Julián Andrade, hizo noche en una pulpería del camino y a la mañana siguiente se dirigieron ambos a La Estrella, donde llegaron a las 11 a.m.
El Cuerudo, que había quedado bombeando el establecimiento, llevó el parte al Juzgado de Paz, donde estaba preparada la gente que había de prenderlo. Era el 30 de abril de 1874.
Entretanto, Moreira y Andrade almorzaban alegremente un puchero de gallina, largamente rociado con un par de vasos de vino carlón "del que toma el cura".
La Estrella era una casa de negocio donde se comía, se bebía y donde despachaban hermosas mujeres, una de las cuales había merecido las más finas atenciones por parte de Moreira.
La esquina estaba ocupada por el café y en el primer patio había unas cinco o seis habitaciones, que servían de aposento de parroquianos o de las maritornes.
Concluido el almuerzo, Andrade y Moreira pidieron una habitación cada uno para echar una larga siesta y cada uno eligió la suya, teniendo cuidado de que, en caso que vinieran a prenderlos, pudieran tomar la partida entre dos fuegos de sus trabucos, operación que les aseguraría el triunfo.
Julián Andrade era un gaucho bravo, digno compañero de Juan Moreira, y capaz de ayudarlo de una manera eficaz, pues no le faltaban entrañas para hacer una limpiada.
Así los dos amigos se dirigieron cada uno a su pieza. Andrade se entregó al reposo y Moreira salió para acomodar el caballo a los fondos de la casa, calculando no tener más que saltar la pared para ponerse a su lado en un caso de apuro, y volviendo en seguida, acompañado del Cacique, a la pieza que había elegido.
Para eso ya la partida que los buscaba estaba en las inmediaciones hasta que llegó el decisivo encuentro. Relata Gutiérrez los dramáticos instantes y prosigue:
“En ese momento Julián Andrade, haciendo un esfuerzo poderoso, había logrado deshacer sus ligaduras y corrido a la calle buscando su caballo.
¡Vana esperanza! Apenas pasó el umbral de la puerta, desarmado como iba, fue acometido por los que rodeaban el edificio y herido de dos hachazos en la cabeza.
Andrade cayó esta vez completamente postrado; fue amarrado fuertemente y entrado de nuevo a la casa, donde se llevó un nuevo ataque a Moreira”
……………….                                                                               
Relata luego la muerte de Moreira a manos de Chirino  no sin antes herir a Eulogio Varela muriendo casi enseguida, después de dos vómitos de sangre. Nacía de ese modo  una leyenda y uno de los personajes más conocidos de la historia popular Argentina. Fue el final de la célebre dupla  aquel 30 de abril de 1874 : “…el juez de paz de Lobos, Casimiro Villamayor, por orden del Gobernador, envió a veinticinco hombres que, al mando del comandante Francisco Bosch perteneciente a la policía de Buenos Aires, se dirigieron al almacén y pulpería “La Estrella” (ubicado en lo que hoy es el Sanatorio de Lobos en la intersección de las calles Chacabuco y Cardoner).
Juan Moreira peleó con todas sus fuerzas, pero justo cuando estaba a punto de saltar la pared que se interponía entre los policías y su caballo, fue herido por la bayoneta del sargento Andrés Chirino, que le perforó el pulmón izquierdo. Sin embargo, el aguerrido Moreira alcanzó a disparar su trabuco hiriendo en el rostro a Chirino -que perdió un ojo- y a cercenarle cuatro dedos de un cuchillazo, lesionando además al capitán Eulogio Varela.
Vilmente derrotado, Juan Moreira murió al instante.”-nos relata el periodista e investigador azuleño Eduardo Agüero Mielhuerry sobre los momentos finales del entrevero.
“Entretanto, Julián Andrade, había sido sorprendido en un cuarto contiguo. Al hallarse durmiendo, no pudo resistirse, quedando apresado. Justo fue retirado de la habitación en el momento en que su admirado amigo Juan moría en medio de borbotones de sangre” agrega Agüero Mielhuerry.
Julián Andrade, había nacido  en Navarro en 1848, hijo de Guillermo Andrade y Crescencia Jara, y su vida estuvo signada por las aventuras en riñas y entreveros. Luego del episodio donde muere Moreira, el 2 de mayo de 1874 quedó detenido en la cárcel “La Blanqueada” de Mercedes. Fue condenado por homicidio en riña, por el juez  Francisco Ramos Mejía.
Inmediatamente se convirtió en un preso célebre y desde entonces no dejó de recibir diversos regalos de las mujeres que iban a visitarlo: chiripás, yerba y azúcar, cintas bordadas con mensajes, entre otras prendas y alimentos
Julián Andrade vivió casi treinta años en Azul, empero a pesar de haber tenido un cambio rotundo en su conducta, para muchos seguía siendo un gaucho matrero.
Hacia 1915, Andrade rumbeó hacia Tandil, para reencontrarse con viejos amigos y buscar nuevos horizontes…
Apasionado por los caballos, pronto encontró aquí una interesante actividad hípica donde no tardó en conseguir trabajo como cuidador  y vareador de parejeros en el hipódromo local.
Poco después llevó a su mujer y a sus hijos para vivir todos juntos en la humilde vivienda que había levantado en la calle Mitre 1351.
Con motivo del centenario de Tandil, el diario Nueva Era editó un Suplemento especial, el 4 de abril de 1923, que incluye una extensa entrevista a nuestro personaje de hoy. Allí el gaucho, anciano y legendario, relata la historia de sus aventuras con Moreira de la que hemos seleccionado los párrafos más salientes.
“… Andrade habló largo rato. Es gaucho fuerte y erguido, a pesar de las catástrofes. Su voz denota el pasaje por los infiernos. No se queja, sin embargo resumimos sus recuerdos: Moreira -dice Andrade- era hombre blanco, de patilla cerrada, alto y fornido, muy buen mozo. No fue nunca un ratero ni nada parecido. No tenía necesidad de eso. Trabajó de tropero y de sargento de policía. Era guitarrero y mejor jinete, jugaba a la taba y al billar. No fue nunca un villano. ¡Que va a ser un facineroso! Era hombre de juicio y defendió al desvalido. Dígalo así nomás, no podrán desmentirlo.
- ¿Y cómo?..
-Era un alma de coraje. No creo que haya otra igual. ¡Pobrecito! No nacen como ése. Luego la política, amigo, la política. Se peleaba diariamente entre alsinistas y mitristas y él hizo dos muertes a facón. Quien lo provocase tenía que pisar firme. Frente a la misma iglesia mató a un tal Leguizamón y al poco tiempo, por ahí cerca nomás, al teniente alcalde Juan Córdoba. Moreira estaba entonces con los alsinistas, le prometieron el indulto, no se lo dieron y concluyó por pasarse al otro bando. Esa fue su perdición. Triunfó Alsina y Moreira entró a andar con todos. ¿Dónde ocurría eso?
-En Navarro, pues. Allí vivíamos nosotros.
-¿Anduvieron juntos muchos años? -Desde el 68 hasta el 74, cuando nos prendieron.
-¿Siempre en Navarro?
-¿Cómo puede pensar semejante cosa? Tuvimos que irnos más de una vez. Moreira recorrió varios partidos: Salto Argentino, Cañuelas, Nueve de Julio, Veinticinco de Mayo... No paraba. Tuvo muchos encuentros con las partidas y se vio obligado a matrerear. El General Garmendia lo persiguió con alma y vida. Al último los milicos no se atrevían a buscarlo. ¿Para qué? El no preguntó nunca cuántos lo perseguían y menos si lo acorralaban. Su valor no tenía fin, créalo, amigo, no tenía fin. Se lo dice un hombre que ha visto mucho. Se trenzaba con los que se le presentasen. ¡Mejor si eran veinte, se animaba más! ¡Un valiente, amigo, un valiente! ¡Pobrecito! ¡Qué va a ser un bandido!
…………
-¿Y cuántos despacharía Moreira en sus peleas?
Andrade nos mira con ojos interrogativos, quiere leernos el alma, procura cerciorarse de que estamos con él. No aceptaría así nomás que profanáramos la memoria sagrada. Mueve su anciana cabeza, recapacita.
-No podría decirlo, tendría que recordar mucho –declara- ¡Peleó tanto! Marcó a una punta. Pegó tajos y tiros. No se le «caiba» el facón ni la pistola, el cuchillo ni el trabuco. Andaba de un lado a otro y tenía que tener cuidado. En las partidas dejó amargos recuerdos. En Salto Argentino mató a Rico Romero, un malo de por allí. Jugaron una carambola y a Moreira le costó poco ganarle. El mozo jugaba bien y qué iba a hacer. Rico quedó hirviendo y le buscó camorra. No sabía que era Moreira, pues se hacía llamar Juan Blanco. Recién había llegado, no lo conocían. Este es un paisano flojo, lleno de armas, le dijo Rico y le pegó un tacaso. Usted comprenda lo demás. Moreira lo dejó tendido a puñaladas. Salió en seguida de Salto y fue a dar a los toldos de Coliqueo, en Nueve de Julio....El 73 estábamos en Navarro. Juan no tenía miedo. Si no es hoy será mañana, solía repetir. Cierta noche, viviendo en el fondín Los Vascos, sintió un pito de ronda. Allí no había eso y comprendió lo que pasaba. ¡Qué momentos, compañero! Él se acomodó sobre el pucho e hizo volar la luz de un tiro. Al hombre lo habían vendido. La partida rumoreaba en la puerta. Para que nadie supiera nada había llegado al pueblo en carretas. El teniente Cortina le intimó rendición de parte del gobierno. Era un oriental bravísimo que después fue coronel. Se produjo el entrevero. Sonaron gritos, ajos y balas. ¡Mire que casualidad! El espía era un tal Carrizo y quedó sin lengua de un tiro. La bala le atravesó las mejillas. Moreira lo había alcanzado a ver al oscuro. ¡Daba lástima el trompeta! A Moreira también lo hirieron, pero se les hizo humo. ...Llamamos a un médico y el hombre vino. No sabía quién era el enfermo, ni lo conocía. Quiso cortarle la cara para sacarle la bala. ¡Pobre hombre, qué susto! Soy Moreira y a mí nadie me hace eso, le dijo. Sáquela por donde ha entrado. El médico cumplió la orden y salió. Moreira mejoró pronto y en seguida fuimos a vivir tranquilamente en Navarro. Las policías no se metieron con nosotros por un tiempo.-¡Era tan grande aquello!-recuerda- Tomaba un poco, me sobraba vida y qué diablos... Tras algunas resistencias explica el final doliente.-...Llegamos aquel día a Lobos. Era el 30 de abril del 74. ¡No podré olvidarlo mientras tenga aliento! Cuando un hombre pasa eso puede decir que no ignora lo que es el mundo. Moreira y yo estábamos acostados, dormíamos tranquilos, cada cual... No podíamos creer que hubiera peligro, que la partida estuviera cerca y nos persiguiese.
-¿No se trataba de una esquina?
-No, amigo, no era eso, se lo aseguro.
-En los libros se habla de la esquina La Estrella.
-La Estrella sí, pero no esquina. Era lo que yo le digo. Rodearon la casa unos cuarenta soldados y nosotros no oímos nada. Llegábamos de un viaje y nos encontrábamos un poco cansados. La partida llegó al mando de Francisco Bosch, que después fue general. Cuando desperté me hallaba sin armas, con los brazos a la espalda, sin poderme mover. Comprendí que estaba perdido, que era inútil forcejear. Pensé en mi compañero con toda el alma. Se acabó Moreira, me gritó uno. No, este no es Moreira, contestó otro, él está en la otra pieza. Cuando supe esto sentí esperanzas. Moreira sintió el ruido de las latas y se levantó. Abrió la puerta y vio bien lo que pasaba. Bosch le dijo que saliera, que se entregara, que le respetaría la vida. Sí, para que me fusilen, les dijo Moreira. Espérenme, ya voy a salir. Las carnes temblaron, el momento era fatal. Salió Moreira como sólo un valiente puede hacerlo. Sonó su trabuco y cayó muerto el teniente Varela. El general Bosch se salvó no sé cómo. Hubo corridas, saltos, balas y gritos. Moreira se hizo campo, fue librando la espalda, acorralando a los que se mostraban; no quiso entregarse ni dio cuartel. El comandante Bosch se retiró diciendo que no quería ver morir a ese guapo. No sé lo que le pasaba. Moreira había quedado libre y se retiraba, sin dejar de amenazarlos a todos con las armas. Un poco más y estaba en salvo. El sargento Chirino se hallaba escondido en el brocal del pozo y cuando Moreira quiso saltar la pared lo clavó por la espalda cobardemente, lo traspasó con la bayoneta. ¡Un miserable, amigo, un miserable! Moreira alcanzó a sacarle un ojo de un tiro. Un teniente corrió a ultimarlo con el máuser y le hizo astillas uno de los brazos. Moreira murió allí mismo. ¡Yo no pude morir con él!
-¿Si lo hubiesen tomado vivo lo habrían fusilado? ¿Qué le parece a usted?
-¡Qué esperanza! Moreira no fue nunca un bandido, fue un hombre de pelea. No lo hubieran fusilado.
-Usted debió sufrir mucho, indudablemente.
-Sí, yo fui maltratado, amigo. Si tuve culpas las pagué con sangre.
-Un momento, Andrade, no se levante, unas líneas más.
-¡Si ya tiene demasiado!
-No nos deje trunca la historia.
Y Andrade siguió contando, soporta resignadamente nuestras preguntas. Cuenta que pasó cinco años eternos en la cárcel de Mercedes, arrastrando doble barra de grillos. Lo trataron como a fiera. Después lo pasaron a la Penitenciaria y allí sufrió tres años y medio. Era otra vida, sin embargo. Alivió sus pesares con las visitas de algunos corazones buenos. Conversó muchas veces con el general Francisco Leiría, estrechó más de una vez la mano de Olegario Andrade y de Benito Machado, trabajó de tipógrafo y se entretuvo en contarle a Eduardo Gutiérrez las páginas de su famoso libro. Desde el 82 hasta el 87 lo pasó en Sierra Chica. Picó piedra, durmió en la paja y los días fueron amargos. Creyó que no saldría vivo. Lo habían condenado a cadena perpetua y sin recurso de gracia, para completar el desconsuelo. Eso era lo más triste, declara. Supo esperar, tuvo resignación y salió por fin del oscuro presidio. Debe su liberación a Francisco Leiría, Ángel Falcón, Eduardo Gutiérrez y sobre todo al escritor Julio Llanos. Es hombre de sentimiento y recuerda a sus bienhechores con el más grande cariño.
-¿Solo, Andrade?
-Casado y con nueve hijos. Me casé en el Azul poco después de quedar libre.
-¿Y Moreira?
-Tuvo esposa y dejó un hijo. Se llama Juan también. Es un muchacho honrado. Creo que trabaja en la aduana de Buenos Aires.
-¿Mucho tiempo por aquí?
-Hace ya ocho años.
-¿Dónde vive?
-Mitre 1351. Espero que me visiten.
-Gracias.
- ¿Hay trabajo?
-No falta algún parejero y ya puede suponer que yo sé cuidarlo con gusto.     
- ¿Muchos años?
-Tengo ya 74. Nací en el 48 en Navarro. Pero basta, ya tiene de sobra, me voy. Estrechamos la mano de Julián Andrade con fuerza y efusión
Sus últimos años transcurrieron en paz. A pesar de la pobreza, crió a sus hijos dignamente y sostuvo el hogar infatigablemente….”
Julián Andrade falleció en Tandil el 9 de agosto de 1928 y sus restos reposan en el Cementerio Municipal. Cuando los mismos fueron reducidos, se vio al cráneo con la marca de un sablazo, según nos relata uno  de los nueve bisnietos que viven en Tandil, Héctor Andrade (51), quien agrega que según la tradición familiar, Julián era de pocas palabras, con un gran sentido del honor y que en su tarea de lo que hoy sería un guardaespalda de políticos, fue muchas veces traicionado y que nunca mató a sangre fría, siempre fue en pelea, hombre a hombre o contra varios cuando acompañó a Moreira. Nos dice que en la película de Favio no hubo una pintura realista de ambos y sí muy novelada.
El legendario Andrade también vive hoy en la historia de nuestro pago a través de sus numerosos descendientes…
Bibliografía
-“El Tiempo” de Azul: “Julián Andrade, amigo fiel” 1 de febrero de 2015 por  Eduardo Agüero Mielhuerry
-Entrevista del autor a Héctor Andrade, febrero de 2016.
-Gutiérrez, Eduardo: Juan Moreira, EUDEBA, 1961.
-“Nueva Era” Suplemento Extraordinario del 4 de abril de 1923. “Entrevista a Julián Andrade”. 


Daniel Eduardo Pérez

jueves, 15 de junio de 2017

DE PULPERÍAS, BARES, CAFÉS Y CONFITERÍAS EN EL TANDIL

DE PULPERÍAS, BARES, CAFÉS Y CONFITERÍAS 
EN EL TANDIL DE ANTAÑO

Desde  la época de la colonia hubo lugares donde los hombres se reunían a tomar una o más copas y entretenerse conversando, jugando a los naipes, al billar,  etc.
En ese sentido podemos afirmar que las pulperías-que además vendían provisiones varias-fueron el antecedente de los bares actuales. Eran “lugar de encuentro de la gente del campo, de criollos, indios y negros. Cobijo de arrieros y chinitas. Lugar de descanso, encuentro, diversión y desenfreno. De “aguardientes” y “cañas”. De “trucos”, “tabas” y “riñas”. De “romances” y “guitarreadas”. De “mudanzas” y “contrapuntos”. Mezcla de almacén y taberna.”
En el diccionario se la define como: “Despacho de comestibles y bebidas en la campaña, más importante que el boliche. En los tiempos antiguos las pulperías tenían en su interior rejas de hierro o de madera que separaban al público de la parte donde se hallan las mercaderías y despachaba el pulpero. La pulpería es almacén, tienda, taberna y casa de juego. Sitio de cita del paisanaje. En ella se juega a los naipes, a las bochas, a la taba y, en los días de fiesta, se corre la sortija, etc.”
Las pulperías eran hasta comienzo del siglo XX el establecimiento comercial típico en el interior
rioplatense, el centro social de las clases humildes donde se reunían los gauchos a conversar y enterarse de las novedades. El pulpero atendía detrás de una reja de hierro o de madera, para protegerse de los asaltantes y de las riñas que se producían en el lugar, que podían terminar en serios duelos con facones. El establecimiento solía contar con una o dos guitarras, para que los gauchos guitarrearan y se organizaran las improvisadas payadas y bailes criollos.
En el Tandil aldea también las hubo y se las registra tempranamente. A pocos meses de instalado el Fuerte, los aprietos financieros del comandante lo obligaban a recurrir al crédito de las pulperías pioneras, de tal suerte que ya en septiembre de 1823-según cita Gorraiz Beloqui-la comandancia se vio «librando nuevas letras a favor de Pedro Vela, Blas Mancebo, Mariano Gainza y otros comerciantes del pueblo”, documentando de esta manera, los nombres de algunos de los pulperos que operaron a partir de la fundación de Tandil.
En los últimos días de 1825 y primeros de 1826, Rosas se detiene en el Fuerte tandilense y, entre otras cosas, nos dice que “… La mayor parte del vecindario está situado al NO, 4 pulperos y 7 familias. Estas familias son pertenecientes a la guarnición que consta de 100 cazadores, 22 artilleros y 30 blandengues ... “


Por su parte Osvaldo Fontana señala que “las tres fundadas primeramente aquí fueron las de José Antonio Suessy, Pedro Vela y Andrés Egaña, la restante sería de Manuel Vázquez, del  cual había noticias que comerciaba en la región por aquella época”, las que se multiplicaron durante la década del ‘30 con las de  Mariano Miró, Zenón Huarte, Mariano Baudrix, Eustoquio Díaz Velez  que aparecen registrados como titulares de nuevos negocios y que además habían aumentado el valor de sus operaciones al compás del desarrollo del sur bonaerense, por el desplazamiento de la frontera interior.
En el Archivo Histórico de la Municipalidad de Tandil hay una interesante pieza documental, fechada en 1847,-citada por Ferrer- que registra los nombres de los comerciantes instalados en el partido, precisando el cuartel donde están ubicados sus negocios: en el cuartel encontramos a Antonio Olivera, José Antonio Suessy, Regino Barbosa, Benigno ,Mariano Baudrix; en el cuartelcita a Carlos García, Francisco Bramajo y Remigio Barbosa; en el cuartelse ubica Mariano Miró; en el 4° Francisco Cuello, Manuel Mejía, Miguel García, David Richardson, Fermín White y  Pedro García; en el cuartelestá José A. Uriarte y en el 6°, José Pérez .
Con la fundación del Fuerte Independencia, en 1823, y con el aval del gobierno de la provincia, los Vela instalaron una gigantesca pulpería en solares muy cercanos a la fortaleza, aproximadamente por donde hoy funciona el Bar Ranas frente a la Plaza Independencia.
Tanto militares como  los pocos pobladores que había aquí por entonces, no tenían demasiadas opciones para hacer las compras para la subsistencia cotidiana.
“La pulpería de los Vela fue de las primeras en asentarse, en un solar cercano al fuerte cedido por el propio general Martín Rodríguez, como lo revela un documento de mediados del siglo XIX: “el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y General en Jefe de su Ejército Don Martín Rodríguez concedió un solar en el Pueblo del Tandil a Don Felipe Vela en el año 1823 para poblarlo según éste lo solicitaba”. Allí levantaron su casa de negocio, consistente en un rancho de quincho y un pozo de balde rodeados por un cerco de tapia”.-afirma Mosse.
Los ingresos, al comienzo, no eran muchos pero eran seguros. Cuando los soldados de la guarnición cobraban sus salarios, de tanto en tanto, no había muchos lugares donde gastar el dinero más que en las pulperías. Por otra parte las largas distancias hacían que habitualmente fueran los pulperos quienes adelantaran dinero para poder efectuar los pagos, a cambio de vales que luego debía reconocer y abonar el gobierno provincial.
Hacia 1830, Vela seguía apareciendo en los documentos oficiales ligado a la provisión de esos adelantos a favor del Estado: “Don Pedro José Vela, vecino del Tandil, presenta en la Tesorería del Gobierno una libranza en la que consta que Don Manuel Vázquez [habilitado por Vela para continuar con sus “negocios” en Tandil] ha entregado 2.342 pesos para pagos del Escuadrón Nº 7 de Caballería de línea”, dice un  documento citado por Mosse.
Ya en 1858, el  prefecto Juan Elguera,  dejó un informe que pone en claro que Tandil había superado el inicial estancamiento de la década de 1840-1850 y nos dice que el pueblo se componía de 86 casas habitadas por 344 personas, siendo la guarnición fortinera, en ese momento, de 60 guardias. En ese relevamiento efectuado por Elguera, se da cuenta de la existencia de 19 comercios, 3 hornos de ladrillos y varios artesanos tales como carpinteros, herreros y hasta la escuela que, recordemos, había mandado fundar Sarmiento, además de un rancho que oficiaba de capilla. No especifica si entre los comercios había alguna pulpería pero seguramente  así era.
Pocos años después- más precisamente en 1860- podemos citar al comercio que marcó una época y fue de los más importantes, incluso hasta entrado el siglo XX, ya que perduró hasta 1935. Nos referimos al almacén de Juan Gardey, ubicado en la actual esquina de Gral. Belgrano y Gral. Rodríguez, con construcción hacia esta última calle, donde actualmente está el A. C. A.
Este almacén era de los llamados de ramos generales, donde el vecino podía comprar desde comestibles hasta semillas, forrajes, elementos de ferretería, ropas y hasta combustible, entre otros productos, además de comprar y vender los denominados " frutos del país". Allí los vecinos urbanos y rurales, depositaron tanta confianza que dejaban dinero y documentos, de tal suerte que lo convertía eventualmente, casi en un  banco, operando también con despacho de bebidas donde se reunían los vecinos, siendo el que marcó en el siglo XIX, un hito del micro centro local.
Hacia 1882, documentación de la época-publicación de La Voz del Pueblo de Enrique Spika- nos dice que entre los comercios contemporáneos al de Gardey, casi todos ubicados en lo que hoy hemos denominado centro y en las proximidades, había cinco puestos de frutas y verduras, dos cervecerías, tres hojalaterías,  dos chancherías, dos talabarterías, cinco carnicerías, seis zapaterías, cuatro peluquerías, dos molinos, tres hoteles, trece tiendas, una mercería, seis  confiterías, seis panaderías, cuatro boticas, dos casas de servicios fúnebres y entre otras firmas comerciales, cuatro platerías,  una casa de fábrica de carruajes y hasta dos casas de bailes.
Se acercaba el tiempo de los bares…La palabra bar (del inglés bar, barra) señala un establecimiento comercial donde se sirven bebidas alcohólicas y no alcohólicas y aperitivos, generalmente para ser consumidos de inmediato allí mismo en un servicio de barra. El primero  de Buenos Aires, de acuerdo a registros históricos, en el año 1769, fue Almacén del Rey. El 2 de enero de 1799 abrió el Café de los Catalanes, el primer café “elegante” de la ciudad, que fue lugar de reunión de grupos que comenzaban a organizar acciones contra el régimen del Virrey, en momentos previos a la Revolución de Mayo.
En Tandil en sus primeros tiempos, esta nueva “empresa” conserva la característica de tener destinatarios masculinos y estar ubicados en las manzanas de lo que llamaríamos el microcentro. El Bar Génova, de Pablo Depietri, se registra como el primero en abrir sus puertas en la década de 1880, en el mismo negocio de cigarrería del que es propietario, para luego trasladarse a la esquina de Gral. Pinto y Riobamba (hoy Alem). El Génova bajó sus persianas en 1912-afirma El Hage.
Siempre en los comienzos de 1880, los tandilenses tenían lugares de buen pasar: "La Fonda del Medio" de Santiago Garibaldi y al lado (hoy Banco Provincia) la clásica confitería de fin del siglo pasado, "La Unión" de Sampaul, donde podían adquirirse y consumirse los más exquisitos platos y las mejores bebidas y donde los vecinos concurrían a “hacer sociedad”, como también lo hacían en “El Progreso” de Andrés Speroni en la cuadra siguiente, a pocos metros de la anterior, vendida luego a Larrache y Ansa quien luego abrió "La Uníversal” más conocida como  "Lo de Ansa", fundada en 1888, que comenzó su vida comercial como confitería (fábrica de masas y servicio de cafetería) fue muy concurrida por los vecinos quienes encontraron allí refugio para sus charlas y debates…
Asimismo, cuando se mudó al local que hoy refaccionado es el Círculo de Suboficiales (en 9 de Julio al 400), habilitó un salón reservado para las familias, un despacho de bebidas, cuatro billares y mesas para juegos de naipes. El final de sus días fue en 1917.
Ya por entonces el Café y Hotel de la Piedra Movediza de Dhers, en la esquina donde hoy está Golden, hacía varios años que era reconocido y hasta citado por visitantes extranjeros.
En Gral. Rodríguez casi Gral. Belgrano, en 1882 figuraba el Café San Martín, donde después estuvo el expreso Villalonga y en Gral. Belgrano, al lado de la Escuela N° 1 (entonces graduada de varones), estaba  la Confitería del Colegio.
En esa década pionera en este rubro que hoy comentamos, se cuentan otros lugares como la "Fonda de Magret", alumbrada a kerosene en pleno 1880, en un local de Gral. Mitre al 600 casi Gral. Rodríguez que en principio tuvo corta vida ya que cerró al año siguiente y “según se dice, fue el tablado para  la primera función de títeres que  se  presenció en el pueblo”, así como una de las "canchas" donde se ofrecían riñas de gallos y en sus últimos meses, se realizaban reuniones bailables para el Carnaval.
En el lugar lo sucedió el café de P. Irigoyen que enseguida dejaría su espacio para el retorno de los Magret con el legendario El Pasatiempo, cancha de pelota y bar, esquina que con los años se transformaría en la fábrica de calzados La Movediza; todavía en 1929 figuraba el "Café Bar Colón", de Juan Bidone en Gral. Rodríguez 635 (en donde se levantó a mediados de siglo XX el edificio Independencia), nacido en 1911 y donde don Juan contrataba una orquesta para animación a la hora del té y del tradicional copetín; la cuadra de Gral. San Martín al 600, tuvo por su parte, para la época que mencionamos,  un bar que hizo historia en la ciudad: el Bar Victoria de Francisco. Laza y Ángel Colombo (1918) y luego de Tazza y Carrillo, donde además se podía disfrutar de la música de la vitrola y jugar al billar. Alcancé a conocerlo y tomar alguna merienda con mis padres antes que cerrara en la década del ’60. Allí con los años, se instaló la tienda Beige; por su parte en Gral. Rodríguez al 500, estaba  el “Bar Central”.
Al clásico billar se le agregó música a veces con orquestas en vivo, iniciativa que otros bares, como el "Apolo”, también incorporaron.
Otro que se hizo eco de esta novedad fue el ya citado bar y confitería "De Sampaul", en la esquina de 9 de Julio y Gral. Pinto (solar donde hoy está el Banco de la Provincia). Tenía dos mesas de billar, mesas comunes de rnadera sin manteles y sillas tipo Viena. En horas de la tarde o del copetín, la animación musical corría por cuenta de una “orquesta” en vivo, y cuando ésta faltaba,  el fonógrafo pasaba grabaciones de Columbia o de Record, con la música de  moda de la época, como la de los Gobbi a los que se los llamó Los Reyes del Gramofón.
Alrededor de 1906, en donde actualmente se encuentra ubicada la tienda "La Capital", en la esquina de 9 de Julio y Gral. San Martín, estaba instalado el recordado Bar "El Moderno", propiedad, en la época, de José Salsamendi y Bautista Etcheverri. Este bar constituía el centro de reunión familiar donde se llevaban a cabo veladas de camaradería y se pasaban películas-en blanco y negro por supuesto-a las que mediante la aplicación de un aparato especial, se le otorgaba color azulado. Al costado del proyector,  estaba el fonógrafo, mediante el cual se pasaban grabaciones adecuadas a la película, elemento que ponía una nota diferente en aquellas primeras manifestaciones del cine mudo.
Ya en 1905, en donde estuvo la confitería "Rex", Pedro Manggiarotti era propietario del Bar Americano, el cual había sido explotado por José Salsamendi. Mangiarotti, visionario y emprendedor, comenzó a otorgarle aproximadamente para mediados de 1906, nuevas características. Anexó billares, amplió el salón y comenzó también con la exhibición de películas, siendo la primera "La hija de los guardabosques".
Nació así una competencia entre los bares "El Moderno" y "Americano". En 1913, "El Moderno" se incendió y lo compró posteriormente la firma Colombo y Bidone, quienes reconstruyeron el edificio. Aproximadamente para el año 1915, Colombo se retiró y continuó Bidone, con el Cine Bar Americano, pasando en la ocasión películas de los sellos Pathé y Gaumont, como "Arsenio Lupín", "Fantomas", "Rocambole" y "Madame Bovary"… No era una casualidad que las primeras producciones cinematográficas que  triunfaron en aquellos pioneros cines, fuesen las historias, héroes y heroínas de las novelas por entregas: desde Fantomas a Ultus, pasando por Rocambole, Zigomar,  el Conde Hugo o Maciste.
Época de la primera guerra mundial en la que se exhibían los primeros noticiosos de los acontecimientos de ella. En la calle Gral. Rodríguez, existió hacia 1916, el Cine Bar París, propiedad de César Bayón, sala que se caracterizaba por la exhibición de películas en serie. Años más tarde, este salón fue adquirido por el señor Martinicorena, quien comenzó a exhibir “las de cow- boys”. Entonces, la entrada para los niños costaba cinco y diez centavos, precio en el que se incluía un cucurucho con maníes. El Cine Bar París  en los ‘40 era de Mario Vena y Delia Díaz de Cereghetti, después se trasladó a Alem 736.
En esa misma época, Tandil poseía dos salas teatrales, una que pertenecía a la Sociedad Española, el teatro Cervantes, el cual hoy conserva, y el Teatro Italiano, propiedad de la Sociedad Italiana, instalado en el mismo sitio donde se levantaba el desaparecido Super Cine. El 20 de octubre de 1920, el cine bar Americano cerró y en 1921 Bidone se hizo cargo del Cine Italiano.
El mismo día del centenario de Tandil, 4 de abril de 1923, el Cervantes inauguró sus nuevas instalaciones en Gral. Rodríguez 636-40, con la proyección de la película "Honrarás a tu madre” con Mary Carro y como complemento “Cobra la venenosa", con Pola Negri.  Tandil todavía no contaba con un servicio eléctrico de características importantes y se daba la circunstancia casi jocosa, para hoy, que cuando ambos proyectores estaban en funcionamiento simultáneamente, buena parte del pueblo quedaba prácticamente sin luz, razón por la cual los dueños de estos primeros cines que nacieron asociados al bar, debían conciliar los horarios en que cada uno haría sus proyecciones.
De estas épocas Enrique Piñeiro recuerda que: “Con la electricidad vino el cinematógrafo. Las cintas se proyectaban una vez que oscurecía en un bar y confitería que estaba en la esquina de nuestra casa. Duraban  cinco a diez minutos y daban varias en la tarde.
Nosotros estábamos atentos y cuando veíamos que se apagaban las luces del Bar, corríamos a la vereda de enfrente y mirábamos a través de las puerta! Por cierto que no éramos los únicos. ¡Era la gran atracción!
Cuando estaba mi Padre en Tandil a veces nos llevaba. Como había que hacer “consumación”(sic), él, que nunca tomaba entre comidas, se veía obligado a tomar algo. Nosotros pedíamos lo único posible: pastillas de goma Mentolinas o Rosalinas”. 
Museo de historia y de sus costumbres, un café debe reunir ciertas características, o al menos algunas de ellas: una determinada cantidad de años en el rubro, que dentro de sus paredes hayan ocurrido sucesos que puedan ser de interés cultural y que, además, pueda ser considerado un referente, un infaltable que le dé identidad a un barrio o una esquina. 
En Tandil referenciamos algunos de los más importantes en la primera parte, ya en la década del ’20 a los bares-cafés mencionados: Colón de Juan Bidone, Americano de Yunis y CíaLa Bola de Oro de Juan Sánchez y el famoso Pasatiempo  de Magret Hnos, todos en la calle Gral. Rodríguez, se sumaban a los afamados La Armonía de Tomás Ges y el ya citado Tokio, en la calle 9 de Julio, que tenía rasgos especiales, fundado en 1926, era propiedad de los hermanos Nakama,  japoneses, y su especialidad era el cacao, mientras los demás ofrecían el tradicional café.
En la cuadra de Gral. Rodríguez al 400, don Isidoro Pellitero, padre de nuestro inolvidable Antonino, tenía su confitería hacia la década del '20, zona en la que años después se instalaron para hacer las delicias de los chicos el griego Galufa y el albanés Jarito, con su caramelería, lindante con otro pedazo de la historia de Tandil: el Bar Tito  fundado en 1934 que fue refugio de bohemios y donde se comenta que Osvaldo Soriano escribió buena parte de “No habrá más penas ni olvidos”. Era referencia obligada en una época, para la salida de micros para trasladar a jóvenes a bailes en zonas rurales, los que fueran famosos “bailes de campo” y figuras como la del recordado atleta Cesáreo Rodríguez, perduran en la memoria…
La cuadra siguiente tenía para los que pasamos el medio siglo, dos lugares inolvidables: la librería de los hermanos Villar, pasillo en el que se ofrecían libros y se prestaba para la tertulia intelectual y la memorable y casi legendaria Confitería Rex, que en su época de gloria atendieron Alonso y Berrozpe, que estaba donde después tuvo su sede social la Sociedad Española (hoy demolida) y por cuyas mesas y tras un café o una bebida, pasaron generaciones hoy nostalgiosas de aquel lugar tan especial que inmortalizó Gombrowicz en la década del ’50, cuando en un Tandil que sólo ha quedado retratado en las fotos, la tradición oral y las crónicas de la época, un pueblo de 70.000 habitantes, en la mesa que tenía allí, se reunía con los entonces adolescentes: Dipi Di Paola, Mariano Betelú, Chivo Vilela, Magariños, Tirri, Ferreyra.
Ese hombre, que bordeaba los cincuenta años, fue para estos veinteañeros provincianos un auténtico maestro socrático, con el que tanto podían hablar de la vida en Tandil como analizar el estado literario y cultural de la Argentina, o abordar temas metafísicos o filosóficos.
El polaco fue quien dijo: “En Tandil soy la persona más eminente! ¡Nadie puede compararse conmigo! Son setenta mil... setenta mil inferiores ... Al pasear, mi cabeza es como una lámpara ..”, cuánta soberbia!
Las tertulias danzantes con la presencia, entre otros, de los músicos de Donvito, también fueron una etapa inolvidable del pasado de la Rex .
En la cuadra de Gral. Rodríguez al 600, la de las "masitas", estaba el café de la confitería El Molino, que terminó atendiendo el querible flaco Florit y donde en la década del '50, el inolvidable Rotary Bodegón o el Ojo como se lo conocía, era cita obligada de la bohemia y hasta lugar visitado por  turistas.
Otro bar que hizo historia fue el famoso Bar 9 de Julio, había nacido en 1935 en lo que después fue Galver (hoy Carrefour) y luego pasó a la esquina de Gral. Pinto y 9 de Julio (hoy galería), de Carlos Pina y Miguel Tosssini, allí el ajedrez y el café o la copa y las barajas, ocupaban el ocio de los tandilenses de aquellos inolvidables años.
El Bar Firpo, ubicado en 14 de julio 201, se inscribe  también entre los legendarios. La historia cuenta que el inmueble se levantó en el año 1908 y fue recién en  1924 cuando recibió el nombre de Bar Firpo, en honor al inolvidable boxeador de principios de siglo pasado. De más está decir la relación que une a los deportes populares (futbol, boxeo, turf en aquella época) con los bares como este caso.
El Bar Firpo fue desde sus orígenes un lugar abierto a toda la comunidad. Los vecinos de la zona lo utilizaban como almacén o para tomar un trago. También fue un punto de reunión para grupos de amigos o vecinos comprometidos pertenecientes a distintas expresiones.
El bar tuvo seis dueños, según algunos colegas. Quizás los más recordados sean los hermanos Algañaraz que lo tuvieron por casi 40 años.
Pese a haber pasado por tantas manos, la estructura aún conserva su fachada impecable. Considerado patrimonio cultural de Tandil, El Firpo conserva en sus rincones incontables…... Hay características del bar que se mantienen desde 1908. Los altísimos estantes, el suelo de madera, los detalles en chapa y hasta botellas y accesorios que datan de más de un siglo.
Entrar al Bar es un viaje en el tiempo. Los nuevos propietarios le dieron especial importancia a la ambientación.  "Nosotros no podemos ni queremos cambiar la historia. El Firpo es de Tandil y tiene que volver a ser como era antes. Con las barajas, el Gancia y la picada tradicional. Los platos fuertes van a ser los sandwichs y las chuletas con papa y huevo.  Pensamos en un menú popular que pueda acercar a toda la familia. Lo mismo para la gente que venga a compartir un trago. Nosotros le damos la botella de fernet, de Cinzano y ellos se van a servir su medida”-manifestaba recientemente su nuevo propietario Luis González.
Luego del fugaz paso del famoso Raúl Lavié como propietario, sueña con recrear la atmósfera de años anteriores, pero también piensa en los bares de España en donde la gente pasa luego del trabajo para despejar la mente y volver más relajados al hogar. "No es sólo un bar de copas, la gente puede venir a comer, a jugar al dominó, al truco o al mus, también estará abierto para peñas de amigos o encuentros casuales. Creemos que la propuesta es tentadora para nuestra gente y también para el turismo. Es un nuevo punto que suma otro ítem a la larga lista de atractivos que ofrece Tandil".
Otro bar con historia fue el Ideal fundado por un tal Juan Nassi en 1932, tuvo un momentáneo cambio de nombre durante algunos años. Le pusieron Bar Emilio, hasta que Murno y Sommer, en el ‘45, le restituyeron su nombre original.
Bar cargado de historias, desde la del enano Coquito de 55 centímetros, sin brazos ni piernas por el que la gente pagaba dos pesos para verlo y  lo único que hacía era insultar a los parroquianos por los inicios del ’50…
Por allí pasaron personajes paradigmáticos: Reyes Dávila, Camilo Borga y Lucho Mestelán-recuerda El Hage en sus “Memorias del Bar Ideal”. “Era el bar de la tandilidad, del fútbol, de la política, de la amistad, de los negocios fallidos. Era el bar del pueblo chico, por eso el Ideal muere en los’90, cuando llega la globalización y el rango de ciudad intermedia que toma Tandil”-afirma El Hage Allí el autor relata alguna de las mil anécdotas que se cuentan de su historial desde cuando Caligiuri, en 1977, trajo el primer televisor  y el bar enmudeció, sobre todo cuando llegó la TV color que era un Philips de 29 pulgadas; a cuando la gran Tita Merello estuvo en Tandil en 1957, actuando para un aniversario de la ciudad y después volvió en 1971 y una vecina le había escrito pidiéndole que la aconsejara porque su novio, le pedía la prueba de amor. Tita le contestó que no se la diera, que lo hiciera esperar, que si el tipo la quería iba a aguantarse las ganas. “En aquel verano del ‘71 Tita estaba de incógnito en Tandil. Fue al Ideal a tomar un café, se sentó al lado de la ventana y justo pasó la vecina de la carta y la reconoció. Se acercó y le dijo que su novio no la había esperado, que le había colgado la galleta. ¿Qué puede decirme usted ahora, Tita?, le preguntó nuestra vecina. Y la Merello, con ese vozarrón malevo que tenía, le contestó: “Que te jodas, querida. Ya eras bastante grandecita para hacerme una pregunta tan p…”. Tuvo también su lugar para pequeñas orquestas que amenizaban las tertulias de los parroquianos…Hoy Fraween’s ocupa el histórico solar….
Los bares y cantinas de los clubes de barrio, especialmente, también fueron lugares de reunión social. Horacio Romero, cantinero del Club Boca recuerda que  “En el año ‘58 empecé con los bares. Recién terminaba el colegio y mi papá agarró la cantina del club Defensores de Belgrano. Con el tiempo me enganchó esta historia y así fui pasando por todos lados”. La lista incluye al Hípico, Independiente, la confitería Rex, Jhonny, Atila, Santamarina, Rivadavia, Ferro, Uncas.  “A veces tuve dos o tres negocios en paralelo. Había que rebuscársela. Probé con otros rubros y no funcionaron, a esto lo conozco bien. Además de que me gusta, claro”.
En la década del ’50 un nuevo aporte se sumó a nuestra historia. En Gral. Las Heras, entre Alsina y 4 de Abril-querido barrio del Club Excursionistas-estaba el almacén "San José" del matrimonio de José y Micaela Tolosa, el que en 1951 fue transformado por su hijo Ignacio en el "Bar Tolosa". Nacía con él lo que a la postre sería un hito en el rubro y centro de reunión de reconocidos vecinos. Un bar “elegante” como los que mencionamos al comienzo en Bs As…
Ignacio y su esposa Herminia Fernández, pusieron su sello de calidad y excelencia desde la presentación de las mesas, hasta lo que en ellas se servía, producto de la elaboración propia, esmerada y llevada a cabo con los mejores ingredientes disponibles.
Sus copetines alcanzaron fama nacional y no sólo los disfrutamos los tandilenses, sino además cuanto turista o visitante ilustre llegaba a la ciudad. Fina platería y cristalería servían de regocijo visual, para acompañar las exquisiteces que doña Herminia ponía a disposición de la clientela, que además podía elegir la bebida de su preferencia de la bodega más importante que tuvo Tandil, porque don Ignacio tenía la "debilidad" de nutrirla con las marcas y procedencias más variadas. Champán francés, vodka ruso, wisky escocés, coñac español, vinos italianos, chilenos, franceses, españoles y de cuanta nacionalidad hubiera en el mercado estaban allí cuidadosamente estacionados a la espera del paladar más exigente.
El lema de los Tolosa fue hacer del bar "un lugar de gente de bien" en el estricto sentido de las palabras. Allí se reunían desde acaudalados vecinos hasta jóvenes con sus novias provenientes de la clase media trabajadora. No faltaron las mesas donde la política quedaba de lado y la amistad superaba barreras de otro forma infranqueables para la época: peronistas, radicales, conservadores-don Ignacio era de los de la boina roja-disfrutaban de la atención de este verdadero artista de la especialidad.
Luego del repentino fallecimiento de don Ignacio, en 1980, siguió su esposa Herminia atendiendo el bar, con la colaboración de su hija Susana y su yerno Edgardo Barbeito, quienes al fallecer doña Herminia continuaron su labor hasta 1991.
"Lo de Tolosa" quedará en el recuerdo de todos los que conocimos y tuvimos la dicha de disfrutar de ese exponente único del arte-casi desaparecido-de atender un bar con el sello de un hombre y de una mujer que quisieron dar lo mejor y hacer un amigo de cada uno que atravesaba aquel mágico templo del buen gusto.
Por estos días El Hage en su columna “Crónicas del pago chico” en eldiariodetandil.com  nos dejó una pintura sobre el Esplendor y agonía de la mesa de café, donde desgrana características de estos tiempos. He aquí algunos de los sabrosos recuerdos: “La postmodernidad global-dice- se ha llevado puesta muchas cosas, entre ellas la de un ritual tandilero en vías de extinción: la mesa de café. En la aldea hubo (y todavía quedan algunas) mesas legendarias, pobladas de parroquianos que cumplían a rajatabla con la cita de la amistad. La Mesa de los Galanes, la Mesa de los Tibios, la Mesa de los Amigos en el Golden, la Mesa de los Tres Mosqueteros son algunas de estas Instituciones libres del pueblo que supieron poblar los bares y otros reductos gastronómicos de la ciudad”.
“Una de esas mesas tenía una chapa de bronce como referencia. Habría de nacer y morir en un mismo café, el Bar Liverpool. Fue La Mesa de las Causas Perdidas. Se perdió, esa mesa, cuando el país implosionó en el 2001 y el dueño del boliche subió el café de $1 a $2 en un minuto. Hubo enojos y deserciones. Y la mesa voló por los aires. O más bien se recicló. Pues con el tiempo habría de convertirse en La Mesa de los Tibios. Instalada en el bar de la Uni, los recordados Aníbal Tuculet y el Cafra Tumini, más Francisco Lester, el escultor Alejo Azcue, el joven Ignacio Fosco, el veterinario Gustavo Carreras y este articulista eran algunos de sus miembros más conspicuos. La muerte de Tuculet, más cierto hastío social, disolvió la mesa de un día para otro.
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“La Mesa de los Amigos del Golden es una de las pocas que se celebra en el día a día. Reducto de vecinos sesentones se aposenta sobre la vidriera de calle 9 de Julio. Su conformación es heterogénea. El maestro del fuelle Norberto Matti y el martillero Mario Iriani son parte de esta logia que también hace ya un tiempo recibió un mazazo brutal: la muerte de Carlitos Vitullo. El Golden también posee otras dos mesas que tienen sus propias genealogías: una la ocupa el rector de la Unicen, Roberto Tassara, y funcionarios de su entorno más cercano, los sábados por la mañana. La otra resiste en un área del boliche que había sido acondicionada para fumadores, que da a la calle Pinto, y es la Mesa de la Rosca Política. Su temperatura sube en tiempos electorales o pre electorales, pero ningún periodista dejará de pasar por allí en busca de algún chimento de primera mano.
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“La tradición oral da fe de que cuando murió Lucho Mestelán, que tenía su mesa futbolera en el Bar Ideal, nunca más nadie se atrevió a ocupar su silla.
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“Con todos estos dones, aun así las mesas de café están tendiendo a desaparecer. La nueva oleada de inmigración VIP portando otras costumbres, el tsunami de la globalización, el altisonante volumen del plasma en los bares, son algunos de los tópicos que conspiran contra ellas
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“Hecha a la medida de la masculinidad, la mesa de café en estos días es tan escasa como la imagen de una mujer cafeteando sola en algún bar del pueblo. Como si los bares fueran un universo excluyentemente de varones”-finaliza.
Hace algunas décadas las confiterías Flamingo, Moritat o Grisby, tuvieron su espacio en la calle 9 de Julio y fueron moda por bastante tiempo, sin olvidar, entre otras,  El Cisne, Jockey Club,  Don Roque, Gypsy, el Bar Dos Leones, el Café O’Key de Spreafico  y el CaféArte “La Esquina”de Vicente Murno en el que el recordado Julio C. Díaz organizaba exposiciones artísticas como novedad, en donde hoy está Plus Color.
En el barrio de la Estación, por su parte, hubo varios entre los que se destacaron el de la misma Estación con sus platitos de picadas, El Soldado, el Bar Tronío y  después la Pizzería El Maestro del ucraniano Felipe Prytuluk, todos en la avenida Colón como el de Forgue, en la esquina con Garibaldi.
Por supuesto en los distintos barrios  también los hubo y a ellos dedicaremos en el futuro una nota.
A los bares y confiterías que tuvieron ese colorido especial en el centro tandilense, y que  dejaron su huella como los citados, hoy, con otras modalidades,   se incorporaron entre otros: Liverpool, Golden, Bar-Tolomé, La Vereda, Frawen’s (sucesor del mítico Ideal), Antique, Molly Malone, La Vereda, Figlio, Dell’prini  y  los  más recientes Mariano y Martinez,   que marcan el rumbo donde el público se vuelca a tomar su café, su cerveza, su wisky o su gaseosa y degustar su tostado o las medias lunas…
Son otros tiempos, sin orquestas, ni billares, ni vitrolas, ni ajedrez y sin algunos  espacios para el pool y el bowling, que supieron tener otras mejores épocas …

Bibliografia principal: El Hage Elías: “Memorias del Bar Ideal” y DiariodelTandil.
Fontana, Osvaldo: “Tandil en la Historia”, 1947.
El Hage, Elías:”Tandil. El libro de oro”, 2012;Ferrer, Eduardo: “Tandil en los documentos”, 2008; Fontana, Osvaldo: “Tandil en la Historia”, 1947; Gorraiz Beloqui, Ramón: “Tandil a través de un siglo”, 1958; Mosse, Valeria: En “Vivir entre dos mundos”: ””Una tierra de infinitas posibilidades en la frontera sur de Buenos Aires. Don Pedro José Vela”; Piñeiro, Enrique: ““Recuerdos de mi infancia y juventud;” Spika, Enrique: “La Voz de Tandil”,

Daniel Eduardo Pérez

jueves, 4 de mayo de 2017

LOS “MÁRTIRES” DE LA FUNDACIÓN DE TANDIL

LOS  “MÁRTIRES” DE LA FUNDACIÓN DE TANDIL
Los episodios de La Perfidia

La expedición había llegado a su fin y con los planos de Crámer y de los Reyes aprobados por Martín Rodríguez, el 4 de abril de 1823, 300 soldados a las órdenes del artillero uruguayo sargento mayor Santiago Warcalde, comenzaron a excavar los fosos del futuro Fuerte Independencia.
El acampe de los aproximadamente dos mil ochocientos expedicionarios fundadores, se hizo normalmente para estas situaciones de terrenos casi desconocidos. Oficiales y soldados compartían las dificultades propias de la situación y del clima. Los primeros días del Fuerte fueron de intenso trabajo y sacrificio por parte de los cuadros, lo que colaboró para que el antiguo mal de las deserciones apareciera una vez más: poco después del día fundacional, cierto número de milicianos, amparados por la oscuridad, huyó del campamento  sin temor al castigo de sufrir la prevista pena de muerte para esos casos.
Inmediatamente se ordenó que una partida saliera en su persecución y, el 14 de abril, la misma regresó al campamento con ocho de ellos. Rodríguez, inflexible, ordenó que se cumpliese la ley como lo exigía el Bando que el Gobernador dictara, oportunamente, en el campamento de Monte y el 15 por la mañana, los desertores fueron ejecutados. El redactor del Diario de la Expedición (se presume que fue José María de los Reyes, secretario de Martín Rodríguez), reflexionó en torno a estos hechos de la siguiente manera:

"… E  aquí a nuestra milicia cuando menos indicios daba de desconfianza en su conducta, cuando se creía que su moral no se hallaba tan corrompida, y que servirían a su país en una obra interesante a ellos mismos y sin peligro manifiesto para ello. Su conducta nos convence de su incapacidad y poca confianza. Mas estamos persuadidos que cumpliéndose la ley, y castigando su poca fidelidad, será el medio más seguro de reducir a estos hombres a que lleven su deber cuando la patria les reclama sus servicios"

El  28 de abril, o sea un mes después de su arribo, el gobernador y el general en jefe (Rodríguez y Rondeau respectivamente), partieron hacia el “desierto” al frente de las divisiones  compuestas únicamente por tropa montada y el convoy.
En la primera jornada, llegaron hasta la Sierra de la Tinta donde  acamparon en su falda occidental. Para aumentar las provisiones, los hombres recurrieron a la caza de mulitas: "Se cazaron más de 400, y esta especie abundante era suficiente para mantener el ejército algún tiempo acampado en aquel lugar".  Las tropas se mantuvieron allí hasta el 1 de mayo y el comandante envió un lenguaraz a las tolderías para anunciar a los indios la inminencia de las marchas.
Al día siguiente, las divisiones recibieron unas 200 cabezas de ganado, remitidas por el ministro de guerra (Fernández de la Cruz) desde el Tandil. El lenguaraz llegó al vivac con buenas noticias: " El contento de la futura amistad, nos decía, reinaba en todos los indios y nuestra reunión solamente la aguardan para coadyubar a la guerra contra los Ranqueles disidentes….”

El avance del 3 de mayo resultó agotador pues los baqueanos- que eran indígenas- condujeron al ejército siempre por terrenos quemados, "aniquilándose de este modo las cabalgaduras". Los enviados de los caciques "amigos" no aparecieron hasta el día 5 en que "... arribó una partida de más de veinte indios con el aspecto imponente de emisarios. Dos de ellos se distinguían entre los demás por sus sombreros emplumados, pintadas las caras y con aire grave"

El embajador principal era un hermano de Pichiloncoy; don Martín lo recibió y lo escuchó: todos los caciques se comprometían, por su intermedio, a prestar ayuda y tributaban grandes consideraciones al "Capitán Grande" (Rodríguez). La alianza podría formalizarse al día siguiente, para lo cual los indígenas solicitaban la presencia del gobernador y de sus más "Viejos Capitanes”. Rodríguez respondió que “en la tierra de los cristianos no era costumbre en semejantes actos que saliese el Capitán Grande a tratar de paz con otras naciones: que esto era obligación de sus segundos y que para este caso el general del ejército (Rondeau) ocuparía su lugar
Al insistir el emisario indio en su solicitud, Rodríguez rehusó nuevamente concedérsela; en cambio, ordenó  que Rondeau con 20 oficiales se preparase para concurrir a las ceremonias del pacto. Los enviados intercambiaron luego algunos "artículos del país" por yerba o tabaco y se retiraron.
Al día siguiente (6 de mayo), Rodríguez esperó, pero los caciques no aparecieron. Por la noche, se descubrió que los indios habían acampado a sólo dos millas del sitio que ocupaban las tropas, las que  se mantuvieron sobre las armas,  alzándose algunas voces  que sugerían atacar por sorpresa a las tolderías.
" ... La milicia que se hallaba incorporada a los cuerpos de líneas lo deseaba, sin embargo que esto no era extraño cuando palpaban el poder despreciable de los salvajes que tantas veces se habían hecho dueños de sus propiedades con tanta impunidad".
Sin embargo los ánimos se aquietaron y a pesar de la desconfianza que reinaba, se esperó a la mañana del día siguiente. "Las caballadas se habían aniquilado demasiado con las fuertes heladas diarias, la falta de pastos y las rondas que sufrían maneadas y acollaradas para evitar las disparadas nocturnas. El ganado vacuno se consumía sucesivamente y ambas especies sufrían una disminución considerable a pesar de la vigilancia que se observaba. Quedaba el único recurso para proveerse de estos artículos, y seguir la campaña con la alianza anunciada, aunque triste a la verdad, pero necesaria por la posición en que nos hallábamos".  
Al amanecer del 7, unos 400 indios se presentaron a la distancia, armados de bola, lanza y algunos sables; en el bajo de una colina inmediata, a retaguardia, se distinguía además una masa agitada de unos 800  hombres.
Rondeau y los suyos se pusieron entonces en marcha hacia el lugar donde esperaban los caciques. A poco andar, los gritos y las señales de los indios hicieron que se detuvieran; desde ese instante, la marcha se  interrumpió varias veces por las objeciones que los indígenas interponían al número de soldados, a sus balas y a sus sables. "Allanados todos estos obstáculos no eran más que demostraciones de una perfidia consumada", el general Rondeau se aproximó. Los .caciques exigieron a Lincón "para que llevase entre todos la voz en el tratado". A un ademán suyo, todos los jefes indios desmontaron de sus caballos. Lincón alzó los brazos hacia el cielo, pronunció una letanía y luego señaló la tierra: los demás repitieron la ceremonia susurrando las mismas palabras "en voz trémula y exterioridad imponente". El intérprete explicó a los blancos que de esa forma ellos dirigían sus votos al sol y lo ponían por testigo de su sinceridad y buena fe; por otra parte, juraban "que si en los cristianos se descubrían siniestras miradas”, la tierra que los había visto nacer, sería su sepultura "antes que sufrir ningún ultrage de la perfidia".
El acto conmovió a los soldados y les infundió confianza. Los hechos posteriores demostrarían que ese juramento "no era otra cosa que un paso de apariencia y política de estos viejos indígenas y que a la verdad no era fácil de ser penetrado". Finalizados los cánticos, Rondeau fue abrazado por los indios y tratado como "hermano" en señal de buena amistad, lo que retribuyó invitando a los caciques a tratar directamente con el gobernador en el campamento. Como se estilaba, dos oficiales pasaron en calidad de rehenes a los toldos, ”…en tanto que Lincón y Cayupilki se dirigieron a la tienda de Martín Rodríguez. Este los agasajó y entabló conversación con Lincón. La franqueza genial de este viejo deslumbró toda sospecha y ninguno distaba de dudar de su sinceridad".
El gobernador habló sobre los medios que los indios debían facilitar para la campaña contra los ranqueles, sobre la compra de los terrenos donde se había erigido el fuerte de la Independencia y acerca del tratado de paz perpetua. Lincón respondió con evasivas, manifestando que nada podía decidir sin la convocatoria de todos los caciques, pues los terrenos aludidos eran propiedad del común. Respecto a los auxilios, manifestó  que serían prestados al ejército más adelante, y las paces quedarían selladas a la vuelta de la expedición. Lincón regresó luego a su campo, prometiendo volver para dar cuenta de lo que hubiesen resuelto sus compañeros, por su parte, los oficiales rehenes retornaron al vivac.
El  8 de mayo, diversas noticias proporcionadas por lenguaraces y "bomberos", coincidieron en avisar  que los indios fraguaban una intriga. Rodríguez planeó entonces inspirarles mayor confianza para "caer sobre ellos en momento de un nuevo pacto".
En esas circunstancias, los caciques solicitaron nuevos rehenes antes de iniciar las conversaciones previstas para la jornada. El sargento mayor Juan Bulewski (de blandengues) y el teniente 1° Julián Montes (de húsares) fueron voluntariamente hacia el campo indígena.
El cacique Pichiloncoy se entrevistó con Rodríguez en el vivac del comandante y pidió dos Capitanes más como rehenes, para que los cuatro caciques principales acudiesen a pactar. Los capitanes Lucas Bott y Lorenzo Ferrer fueron los comisionados con ese fin. Los jefes indios aparentaron dirigirse a la tienda del gobernador pero al cruzarse a mitad de camino con los dos últimos rehenes, los aborígenes envolvieron a éstos y los llevaron a gran carrera hacia la retaguardia de su línea.
" ... Corrió la misma suerte el teniente coronel Miller (2° jefe de Blandengues) y el Porta (cabo) de su mismo cuerpo Alvendin, quienes cándidamente y sin permiso prévio, creyentes de la buena fe de los bárbaros salieron del campo siguiendo la comitiva de los rehenes y cayeron con estos en el lazo pérfido de los bárbaros .. “
Los indios alzaron una impresionante gritería, levantaron sus lanzas y desplegaron un frente de combate con rapidez prodigiosa, pero la proximidad de la noche y
aniquilamiento que los caballos habían sufrido con las heladas, impidieron que el ejército expedicionario pudiera reaccionar.
" ... Todos estos inconvenientes se tocaban, y a no ser así, fácil hubiera sido reportar en el momento un triunfo sobre estos vándalos…."
Se supone que los seis hombres, caídos en manos de los naturales, fueron asesinados esa misma noche. Los soldados comenzaron a replegarse en la mañana del 9 mayo, sin el concurso de los baqueanos que, siendo indígenas, habían abandonado al ejército y se habían refugiado entre los suyos.   .
La indiada, en número de 700, apareció sobre las lomadas "abrazando una circunferencia de más de 2 millas", sus integrantes incendiaron al campo y cargaron sobre guerrillas de la retaguardia del ejército y sobre su flanco derecho. Lo hicieron varias veces y otras tantas fueron rechazados.” A las 12 la artillería consiguió hacerles perder algunos jinetes y se retiraron en dispersión" Los indios ya no se dejaron ver hasta la llegada de las divisiones al fuerte de la Independencia el 11 de mayo.
" ... Arribó el ejército con la pérdida de los referidos seis oficiales, 2 cornetas y el lenguaraz de cuya mala fé estábamos persuadidos hasta entonces…"
El gobernador confiaba en que esos hombres aún estuviesen vivos y pensaba rescatarlos por medio del canje de algunos indios que mantenía prisioneros.
La cruel verdad apareció a la vista, los cuerpos lanceados de los voluntarios que confiados habían sido entregados como rehenes, yacían en las cercanías de una laguna la que a partir de aquel sangriento hecho, llamaron "La Perfidia", que es la actual laguna “El Chifle”, ubicada en el partido de Benito Juárez, a unos 395 km de Buenos Aires por ruta 3, a 35 km de Benito Juárez, a 7 km de Tedín Uriburu y a unos 110 km de Tandil. Con una depresión natural de unas 250 hectáreas  profundidades máximas que alcanzan los 5 metros, costas arenosas y barrosas y bastante desniveladas, es de propiedad fiscal y privada. No posee ni afluentes ni emisarios, solo unos desbordes casi permanentes que funcionan como desagote natural de las aguas excedentes. Se alimenta del régimen pluvial. Hoy la laguna es muy reputada por la pesca que  se obtiene en sus aguas.
En sus proximidades quedaron para siempre los jefes Mariano Miller y Juan Bulewski, los capitanes Lucas Bott y Lorenzo Ferrer, el teniente Julián  Montes, el porta Alvendin, dos cornetas y un lenguaraz.
Las huestes de Lincon y Pichiloncoy habían faltado a la palabra y los primeros mártires de la fundación fueron sus víctimas….
La muerte de estos valientes nos depara una curiosidad en nuestro origen, es la participación del único polaco que estuvo en esos momentos primigenios del Tandil: Juan Valerio Bulewski, otro soldado que había pertenecido a las tropas del gran Napoleón (como Crámer).
Nacido en Polonia en el siglo XVIII, muy joven se incorporó a las huestes napoleónicas en el que alcanzó el grado de Teniente Coronel de Caballería. Luego de la derrota de Waterloo, Bulewski regresó a su patria y allí, enterado de las luchas por la Independencia americana, se embarcó hacia Buenos Aires donde llegó el 14 de junio de 1818, presentándose para ofrecer sus servicios tres días después, aceptándosele , siendo destinado nada menos que al Ejército de los Andes, con el que llegó a Chile. Allí el joven oficial polaco se vio envuelto en una confusa situación que lo llevó a ser confinado por el general San Martín en el fortín de San Carlos. Absuelto, en 1819, fue destinado al Estado Mayor de Plaza, hasta que en 1821 solicitó incorporarse al ejército de Tucumán, dado que en tres años  no había podido entrar en combate, como era su ferviente deseo al llegar a nuestras tierras.
En esa situación se incorporó al Ejército de Operaciones en el Sud y aquí llegó como ¡Jefe del Detall! (la sección encargada de las cuentas)…
Murió-como ya manifestamos-lanceado en las circunstancias relatadas. Allí quedó tendido para siempre el cuerpo sin vida de este infortunado y valiente polaco, de quien poco o nada se ha divulgado, pese a ser uno de los que podríamos llamar "mártires" de la fundación.
Las conclusiones y enseñanzas, deducidas de la segunda etapa de la campaña, fueron realmente pobres. La historia de la expedición de 1821 parecía haberse repetido…

"La experiencia de todo lo hecho -escribía el redactor del Diario- nos enseña el medio de manejarse con estos hombres: ella nos guía al convencimiento que la guerra con ellos debe llevarse hasta su exterminio. Hemos oido muchas veces a génios más filantrópicos la susceptibilidad de su civilización e industria, y lo fácil de su seducción a la amistad ... Era menester haber estado en contacto con sus costumbres, ver sus necesidades, su carácter y los progresos de que su génio es
susceptible para convencernos de que aquello es imposible ... Veríamos, también con dolor, que los pueblos civilizados no podrán jamás sacar ningún partido de ellos ni por la cultura, ni por ninguna razón favorable a su prosperidad. En la guerra se presenta el único, bajo el principio de desechar toda idea de urbanidad y considerarlos como a enemigos que es preciso destruir y exterminar... " 
Las tareas de fortificación en el Tandil, en tanto, habían hecho  grandes progresos  y nuevos personajes se habían agregado al panorama laborioso y colorido de la vida en el fuerte. Ciertos comerciantes, “mezcla de buhoneros y truhanes”, habían instalado sus mostradores y la reja de alguna pulpería muy cerca de la plaza. "Seguían llegando otros muchos, y el número de especuladores ya no correspondía al de consumidores".
El frío de la estación que se avecinaba decidió a Rodríguez a no emprender más operaciones militares en ese año y a licenciar una parte del ejército. El 19 de junio, el gobernador mandó leer una proclama en la que expresaba su agradecimiento a todos los participantes de la campaña. Las milicias fueron despedidas; la caballería veterana se retiraría pronto a sus cuarteles de invierno, "cubriendo al mismo tiempo el antiguo cordón de fronteras…”
El 24 de julio de 1823 el Brig. Gral. Martín Rodríguez, emprendía el regreso a Buenos Aires. Tandil había sido fundado y nueve “mártires” habían dejado sus huesos en estas tierras de avanzada, en aras de un porvenir imaginado por el fundador cuando  dijo las conocidas palabras “esta será algún día una ciudad populosa y rica”.

Fuente principal: “Diario de la Expedición al desierto”. Ed. Sudestada, Bs. As, 1969.


                                  Daniel Eduardo Pérez