lunes, 19 de abril de 2010

ABOGADOS DEL GAUCHO

LA CAUSA DEL GAUCHO
CUATRO ABOGADOS DE LUJO PARA SU DEFENSA
Estrada, Barros, Oroño y Hernández


En este capítulo queremos brindar una mirada sobre un tema que ha sido básico en la historia de la frontera interior-entre la que se cuenta la de Tandil-como es la situación el gaucho en aquellas épocas, no tan remotas, en que nuestro personaje de hoy fue central.
Para ello no podemos prescindir de testimonios de políticos e intelectuales de fuste porque resumen más que muchos de los ensayos y trabajos sobre este tema. Y si ellos son nada menos que José Manuel Estrada, Álvaro Barros, Nicasio Oroño y José Hernández, quedamos eximidos de mayores comentarios.
Después de la batalla de Caseros, comenzaron a levantarse voces que abogaban por el mejoramiento de la situación del gaucho que, como peón de campo y defensor de nuestras fronteras interiores, había dado tanto y sin embargo padecía el olvido de la legislación y hasta el agravio a su condición de persona.
Será 1869 un año clave a partir del cual estas voces tendrán como intérpretes incuestionables a los argentinos ilustres que hemos citado.
En “La Revista Argentina” de ese año, apareció el famoso alegato de José Manuel Estrada ( ver aparte) titulado “La campaña”, en el que efectúa una encendida defensa de la denominada”campaña” como contrapuesta a ciudad y para la cual no existían en la práctica los derechos igualitarios que una democracia republicana supone, señalando además la falta de representatividad en las Legislaturas, el sometimiento que significaba la omnipotencia de la figura del Juez de Paz y el estado de paria en que vivía el gaucho.
Estrada afirmaba entonces:” En el gobierno republicano toda autoridad viene del pueblo, que la confiere directa o indirectamente a sus mandatarios. Ahora bien, ¿ la campaña es representada en nuestras Legislaturas y sus habitantes tienen parte en la institución de los poderes públicos? Créalo el que pueda, pero sólo hablando metafóricamente podríamos decir que sí.
En la ciudad, cualesquiera que sean los manejos facciosos que adulteran la autenticidad del sufragio, recae a lo menos su resultado sobre personas que regularmente gozan de cierta notoriedad, accidental a veces, pero casi siempre bastante para cubrir las apariencias y dar verosimilitud a la elección. Las elecciones de la campaña, por el contrario, no solamente carecen de verdad, sino que carecen hasta de verosimilitud”. Más adelante Estrada agrega: “Los ciudadanos de la campaña deben ser representados en la Legislatura: esto es claro. Los abogados o los médicos que jamás han salido de la ciudad, si no es para veranear, no pueden representarlos. Luego deben ser representados por los vecinos mismos de la campaña; y si ellos no pueden representar nuestras vanidades, comprenderemos su dificultad en que esto es un mal, condición que se reconoce, que es un mal necesario.
En suma: el sistema representativo existe en la ciudad, no existe en la campaña”
En relación a las funciones de los Jueces de Paz, Estrada es duro y contundente en sus expresiones acerca de los excesos a que conllevaban sus poderes casi omnipotentes y así lo expresa en el citado artículo diciendo: “ Los poderes públicos, efectivamente, se ponen en contacto con los individuos por medio de magistrados, cuyas atribuciones esencialmente despóticas, refunden las de dos departamentos gubernamentales: el ejecutivo y el judicial.
El Juez de Paz, administrador, juez, comisario de policía, municipal con dos votos en el concejo, irresponsable como un mandarín, agente nato de todos los poderes del estado, es la única autoridad positiva y real en la campaña.
La más afortunada de todas las poblaciones de campaña es aquella que posee un Juez de Paz más indolente. Su actividad es temible como la de todo poder despótico. Los súbditos, y usamos adrede esta palabra, los súbditos de un Juez de Paz progresista, veránse convertidos en peones gratuitos de la Municipalidad, más claro, veránse condenados a trabajos públicos si galopan por las calles, si juegan a la taba, si extravían su papeleta de la guardia nacional, o si comete una falta correccional cualquiera, cuya pena altera con un salomonismo audaz el reyezuelo local, en el doble intento de moralizar su grey, y economizar los fondos del municipio, a pesar de las leyes y a pesar de su deber”.
Su defensa del gaucho se hace clara y pone asimismo de manifiesto su conocimiento e interés por el tema económico de la distribución de la tierra y las técnicas de pastoreo, expresando: “ El gaucho no puede ser propietario por más de una causa ; 1º) porque no es capaz de trabajo asiduo, y no lo es el gaucho, porque los estancieros no quieren poner interinos hasta la citación, y porque, aún en caso de ser admitidos, mal podrían ,sin el don de ubicuidad, estar a la vez en el conteinfente ¿?? Y en el rodeo; 2º) porque no existe en la campaña la pequeña propiedad ni puede existir, mientras el físico sea avaro, mientras se necesita una legua de campo para pastorear mil ovejas, y tanto será preciso hasta que el hombre no aprenda a convertir en manía su propio sudor.
Y aquí es el caso de repetir que gaucho quiere decir paria.”
La sinonimia de Estrada gaucho-paria, resulta, por provenir precisamente de un líder indiscutible e insospechado del catolicismo argentino, dramática y vergonzante de la dignidad.

Otro argentino destacado de nuestra historia, el santafesino Nicasio Oroño ( ver aparte), gobernador de su provincia y senador de la Nación, fue un promotor de numerosas medidas verdaderamente precursoras en el país, llamado por algunos autores el “Rivadavia cívico”, es el autor de una pieza antológica en la defensa del hombre de nuestro campo, cuando en su célebre discurso ante el Senado, del 8 de octubre de 1869, pronunció palabras que recogería luego, entre otros, el mismísimo José Hernández.
En referencia al trato que se dispensaba al gaucho en esos tiempos, nos dice: “Parece que el despotismo y la crueldad con que tratamos a los pobres paisanos, estuviese en la sangre y en la educación que hemos recibido. Cuando ven al hombre de nuestros campos , al modesto agricultor, envuelto en su manta de lana., o con su poncho a la espalda, les parece que ven al indio de nuestras pampas, a quien se creen autorizados para tratar con la misma rudeza e injusticia, que los conquistadores empleaban con los primitivos habitantes de América”.
Refiriéndose, a los servicios que el gaucho-soldado prestaba en la frontera interior, Oroño profundiza su análisis y ataca duramente el régimen personalista y abusivo de algunos jefes, cuya conducta iba en detrimento, no sólo de esos servicios, sino de la esencia misma de la disciplina interna del ejército, al decir: “ Se consulta, además, la justicia, pues no hay razón para mantenerlos perpetuamente en el servicio, cuando han cumplido todos ellos su tiempo. Si el enganche tiene inconvenientes entre nosotros, si hay repugnancia en el hijo del país engancharse, es porque tiene por antecedente el error o lo arbitrario. Contratados por un año, dos o tres, se les ha tenido a la fuerza diez, quince y veinte, cometiendo una injusticia monstruosa, e introduciendo la desmoralización cuando debiera ser la base de la formación de todo cuerpo de línea la más estricta moral.
Estos errores nos han dado por resultado también que el soldado, en vez de considerar al campamento como su hogar, lo mire como la cárcel adonde va a purgar un delito que no ha cometido; en vez de abrigar la convicción de que va a prestar un servicio a la patria, sabe de antemano que va a servir de peón de alguna estancia, a trabajar sin paga y sin vestido a ser tratado como se trata en el Brasil a los infelices negros por sus crueles y exigentes señores!”
Al igual que Estrada, Oroño promociona la necesidad de dotarlo de tierras o favorecer su acceso a ellas, cuando dice: “ En nuestro concepto, es necesario arreglar las cosas de manera que el gaucho pobre, padre de familia, y que el inmigrante extranjero deseoso de establecerse en estos países, trayendo del suyo limitados o ningunos recursos pecuniarios, encuentren acomodo, a la vez que una propiedad en que puedan levantar techos y plantar árboles, cuyos abrigos sean suyos y constituyan la herencia de sus hijos”.
Más delante Oroño agrega: “ Los hijos del país tienen igual aspiración y hoy más que nunca, que han empezado a saborear la dulce y legítima satisfacción que produce el bienestar conquistado por el trabajo y la adquisición de bienes que nadie les puede arrebatar”.
Oroño alerta también acerca de la necesidad de llegar a una indispensable igualdad en bien de la paz, el progreso y la libertad, diciendo con duras palabras: “¡Y se extraña que el gaucho sienta adversión contra el hombre acomodado!. Confieso que no puedo presenciar estos hechos sin conmoverme. Yo deseo, por honor de mi país, por el crédito de su gobierno, en el interés de la paz pública, y de los grandes intereses de progreso y de la libertad, que tales hechos no se repitan.
“Estamos proclamando por todos los medios posibles las felices condiciones y ventajas que nuestro país ofrece para el poblador inteligente, la libertad que se goza y el respeto a los derechos; y esa libertad tan decantada jamás la han saboreado los pobres. La libertad es para los ricos, para los pobres el desprecio, la opresión y la injusticia”.

Por su parte el ilustre fundador de Olavarría, el coronel Álvaro Barros ( ver aparte), senador y gobernador de Buenos Aires, diputado y también primer gobernador de la Patagonia, conocedor profundo de la vida de fronteras, en las que sirvió virilmente, en 1872, publicó su obra “Fronteras y territorios federales de la pampa sur”, donde expresa-con la autoridad conferida por su trayectoria- su pensamiento acerca del problema de injusticia ciudadana, apoyándose- como él mismo manifiesta- en “opiniones más autorizadas” , transcribiendo conceptos del ya citado político santafesino Nicasio Oroño, sobre todo de su folleto “Consideraciones sobre fronteras y colonias”, aparecido en 1864.
Allí es donde se refiere al comportamiento político en los siguientes términos: “ La indolencia de los pueblos en la gestión de los negocios que son de su interés exclusivo, trae siempre por resultado el desvío de los gobernantes en el cumplimiento de sus deberes más sagrados”. Más adelante reprocha la tardanza en encarar la conquista del aún inconquistado “desierto”, expresando: “ Si los gobiernos de la República Argentina comprendieran, que mejor que ocuparse de la política irritante y sin trascendencia, es tratar estas cuestiones que tan inmediatamente se relacionan con el progreso y bienestar de los pueblos, buscándoles una solución conveniente, no nos encontraríamos hoy, después de 58 años de vida independiente, discutiendo todavía sobre el mejor sistema para dominar el desierto.”
Al coronel Barros tampoco le fue indiferente la vida del heroico soldado de nuestra frontera y testimonia con la autoridad que le concede su grado militar: “ Entre tanto volvamos la vista hacia el soldado: el pago demora cuando menos seis meses, y cuando más tres años. Esto agregado al mal tratamiento que experimenta en los cuerpos, en diversos sentidos, induce a los hombres a la deserción y la impunidad que los desertores alcanzan, induce a muchos hombres malos a engancharse con la intención de desertar luego que reciben la primera parte de la cuota y el número de desertores que hay en los cuerpos del ejército cada año es por eso asombroso.
Hay que advertir que sólo los extranjeros ocurren al enganchaje; el hombre del país, el campesino ignorante, condenado a vivir eternamente en el ejército, sin saber lo que dice La Barre Dupurq o Luigi Blanch, profesa sus doctrinas y no se vende jamás.
Los extranjeros son absolutamente inútiles en el servicios de la frontera y sin embargo allí son remitidos.”
Adelantándose a su tiempo y con una vigencia casi visionaria, Barros expresa: “Entretanto, si necesario es un ejército para la seguridad interior, muy prudente es pensar en tener en él una base con qué hacer frente más tarde a los que pudieran pretender fijar los limites de nuestras fronteras exteriores donde su insaciable ambición de tierras ajena queda satisfecha.
Pero para tener ejército, indispensablemente es pensar en darle una verdadera organización,
es indispensable una Ley de reclutamiento a la vez que un reglamento bajo el cual haya
de darse una organización verdadera, posible y durable a los hombres reclutados.
Pero es necesario ante todo hacer una administración responsable, seria, que ni aún
con la inercia autorice al abuso, que lo persiga desde sus apariencias hasta encontrar,
su realidad, que sepa reprimirlo, y que le prevenga con el sistema y por los medios
reconocidos y consecuencias con los principios de la ciencia administrativa.”
La situación de los hombres en los fortines de entonces era crítica, de tal manera que hasta el gobernador Emilio Castro, en carta el Ministro de la Guerra, Martín de Gainza, el 31 de octubre de 1871,-que Barros transcribe-decía: “ Es doloroso ver cómo son tratados esos infelices a quienes les toca hacer el servicio en la frontera. Estoy seguro que ele procedimiento observado por los jefes de frontera no es arreglado a las disposiciones del gobierno, ni en cuanto a la ropa, ni mucho menos en cuanto a la alimentación y raciones de entretenimiento.
Te llamo, pues, la atención sobre este asunto y no dudo que pondrás remedio a este escándalo”
Ya Barros seis años antes había verificado personalmente tal circunstancia y la había documentado diciendo: “Llegué allí el 1º de agosto de 1865, y al día siguiente me recibí del mando de la frontera.
La guarnición constaba de 400 hombres de la Guardia Nacional, y se hallaban en el más lastimoso estado de miseria. Sin armas suficientes, sin monturas, escasos de caballos y sin nada en fin. No sólo de aquello indispensable para las operaciones que requería la defensa, sino de aquello indispensable para que los hombres pudiesen soportar el rigor de las estaciones.
Comuniqué al gobierno mi situación, pedí armas, vestuarios y caballos, pero como no era posible que me fuesen remitidos antes de dos o tres meses, después de repartir mi ropa de uso entre los soldados más desnudos, mandé traer del Tandil 200 blusas y 200 pantalones de brin, que existían en depósito, y aquellos desgraciados, al recibir aquellas piezas, en todo el rigor del invierno, se consideraron confortablemente ataviados, para resistir lluvias y nevadas.”
El protagonista de todas estas desventuras era el gaucho y concretamente a él se refiere Barros en una denuncia que es en sí misma un alegato sobre el derecho a la dignidad humana de nuestro “caballero de las pampas”.
“El indio mezclado que lleva la mayor parte de sangre europea, el gaucho en fin, el hijo de la civilización y la conquista-dice Barros-ese no es más feliz, más adelantado, ni más considerado que el indio del desierto.
Esa es la víctima de las pasiones del hombre civilizado, es una parte del material de guerra, es la masa bruta de los contingentes para la guerra, es el paria perseguido en todas partes, azotado en el ejército, atado al palo por mandato de los jefes jenízaros, llamados a nuestros ejércitos modernos por los nuevos Césares, es el esclavo de todos, y cuando sacude el yugo suele ser el bandido feroz que ejerce su venganza en la familia extranjera sin respetar edad ni sexo.”
Estimado lector, queremos cerrar este capítulo con quien llevó a su cúspide la poesía gauchesca, pero además fue un profundo conocedor del hombre que le dio pie para su obra maestra. Nos referimos, claro está, a José Hernández ( ver aparte).El inmortal autor del Martín Fierro fue además un lúcido y apasionado político de su época y su obra es un” llamado de atención, un canto alto y argentino de justicia y de solidaridad”.
Su alegato, que resume tal vez el pensamiento de los próceres que hemos citado en esta nota, está en dos líneas:
“los hermanos sean unidos
porque esa es la ley primera”
La lectura profunda y serena del Martín Fierro es hoy tan necesaria como ayer y su vigencia durará mientras exista un “gaucho”, un argentino, que busque comprensión y respeto por las leyes y la dignidad,
En “El Río de la Plata” asumió su defensa y como Oroño-quien también influyó notoriamente en su pensamiento-propició la distribución gratuita de la tierra pública en pequeños lotes para evitar que “ el gaucho ande errante donde la muerte lo lleve”.
.Mucho antes que otros, que se adjudicaron luego en el siglo XX y aún hoy, la frase, convirtiéndola casi en un eslogan, Mariano Moreno en 1809 decía: “No puede ser verdadera ventaja de la tierra la que no recae inmediatamente en sus propietarios y cultivadores”.
Hernández ratifica ese pensamiento y dice que los gauchos “ no sólo deben salvar a la campaña de las invasiones de los indios, sino que deben fructificar la tierra que pueblan, apropiándola a su existencia y bienestar”. Estimando que “ si nuestros gauchos, si los que vagan hoy sin ocupación y sin trabajo. Obtienen además del salario correspondiente, un pedazo de tierra para improvisar en él su habitación, y los instrumentos necesarios. Se lo liga más y más a la defensa de la línea fronteriza porque ya no serán sólo los intereses extraños los que ampararían sino sus propios intereses”
Más actual imposible, aquí y en cualquier parte del planeta…
La pintura que Hernández hace del gaucho es dramática y lamentablemente veraz:

Para él son lo calabozos,
Para él las duras prisiones,
En su boca no hay razones
Aunque la razón lo sobre,
Que son campanas de palo
Las razones de los pobres.

¿No le parece que lo dijo hoy? O no…
Como Oroño, marca también la diferencia con el hombre de la ciudad, cuando nos dice:
El campo es del inorante
El pueblo, del hombre estruído.
Yo, que en el campo he nacido,
Digo que mis versos son,
Para los unos…sonidos
Y para otros…intención.

Canta el pueblero…y es pueta;
Canta el gaucho… y ¡ ay, Jesús!
Lo miran como avestruz;
Su inorancia los asombra;
Mas siempre sirven las sombras
Para distinguir la luz.

También el tema del fortinero, que vimos en Barros, es tema de don José:

Siempre el mesmo trabajar,
Siempre el mesmo sacrificio,
Es siempre el mesmo servicio,
Y el mesmo nunca pagar.
Siempre cubiertos de harapos,
Siempre desnudos y pobres,
Nunca le pagan un cobre
Ni le dan jamás un trapo.
Sin sueldo y sin uniforme
Lo pasa uno aunque sucumba;
Confórmase con la tumba
Y si no… no se conforma

Pues si usté se ensorbebece
O no anda muy voluntario,
Le aplican el novenario
De estacas… que lo enloquecen.

Andan como pordioseros,
Sin que un peso los alumbre,
Porque han tomao la costumbre
De deberle años enteros.

Y agrega más adelante:

De ese modo es el pastel,
Porque el gaucho… ya es un hecho,
No tiene ningún derecho,
Ni naides vuelve por él.

¡Lo tratan como a un infiel!
Completan su sacrificio
No dándole ni un papel
Que acredite su servicio.

Y tiene que regresar
Más pobre de que se jue,
Por supuesto a la mercé
Del que lo quiere agarrar.

Estrada, Oroño, Barros y Hernández bregaron en su tiempo por los derechos de sus hermanos gauchos a quienes veían desprotegidos y en peligro de extinción, por eso creemos que una relectura del final del poema hernandiano es indispensable hoy-aunque la transcripción parezca larga y hasta obvia-porque sus dos últimas sextillas son de una indiscutible vigencia y con su sabiduría, mucho podrán ayudarnos en estos momentos en que los argentinos parecemos disgregados y con una necesidad insoslayable de reconciliarnos entre nosotros mirando hacia delante.
Nos decía don José, hace… años

Vive el áquila en su nido, Y en lo que esplica mi lengua
El tigre vive en la selva, Todos deben tener fe:
El zorro en la cueva agena, Así, pues, entiéndanme,
Y, en su destino incostante, Con codicias no me mancho:
Solo el gaucho vive errante No se ha de llover el rancho
Donde la muerte lo lleva. En donde este libro esté

Es el pobre en su orfandá Permítanmé descansar
De la fortuna el desecho, ¡ Pues he trabajado tanto!
Porque naides toma a pecho En este punto me planto
El defender a su raza; Y a continuar me resisto:
Debe el gaucho tener casa Estos son treinta y tres cantos,
Escuela, iglesia y derechos. Que es la mesma edá de Cristo

Y han de concluir algún día Y guarden estas palabras
Estos enriedos malditos; Que las digo al terminar:
La obra no la facilita En mi obra he de continuar
Porque aumentan el fandango Hasta dársela concluida,
Los que están, como el chimango Si el ingenio o si la vida
Sobre el cuero y dando gritos. No me llegan a faltar.

Mas Dios ha de permitir Y si la vida me falta,
Que esto llegue a mejorar, Ténganló todos por cierto Pero se ha de recordar Que el gaucho, hasta en el desierto,
Para hacer bien el trabajo Sentirá en tal ocasión
Que el fuego pa calentar Tristeza en el corazón
Debe ir siempre por abajo. Al saber que yo estoy muerto.

En su ley está el de arriba Pues son mis díchas desdichas,
Si hace lo que le aprovecha; Las de todos mis hermanos;
De sus favores sospeche Ellos guardarán ufanos
Hasta el mesmo que lo nombra: En su corazón mi historia;
Siempre es dañosa la sombra Me tendrán en su memoria
Del árbol que tiene leche. Para siempre mis paisanos.

El pobre al menor descuido Es la memoria un gran don,
Lo levantan de un sogazo; Calidá muy meritoria:
Pero yo compriendo el caso Y aquellos que en esta historia
Y esta consecuencia saco: Sospechen que les doy palo,
El gaucho es el cuero flaco, Sepan que olvidar lo malo
De los tientos para el lazo. También es tener memoria.


Mas naides se crea ofendido,
Pues a naides incomoda:
Y si canto de este modo
Por encontrarlo oportuno,
NO ES PARA MAL DE NINGUNO
SINO PARA BIEN DE TODOS


Nr: La negrita es nuestra

Apreciado y perseverante lector, creemos que los versos de don José lo dicen todo: de lo que fue la historia del gaucho y de lo que es hoy, sí hoy, la historia de muchos que como aquellos, no tienen rancho ni escuela, ni palenque donde rascarse, porque lamentablemente parece que sigue siendo necesario tenerlo también hoy, como ayer, así como hacerse amigo del juez y no darle motivo de qué quejarse… En fin , pareciera que somos hijos del mito del eterno retorno…

NOTAS
JOSÉ MANUEL ESTRADA
Nació en Buenos Aires el 13 de julio de 1842. Desde joven se dedicó a la educación y a la defensa de su acendrado catolicismo. Alcanzó cargos importantes, entre ellos Jefe del departamento General de Escuelas en 1869. Fue diputado, periodista, Director de Escuelas Normales y Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Rector del Colegio Nacional, Presidente de la Acción Católica y Ministro Plenipotenciario en Paraguay , designado por el Presidente Luis Sáenz Peña. Allí falleció el 17 de setiembre de 1894. En su homenaje ese día se celebra el Día del Profesor.

NICASIOOROÑO
Nació en Coronda (Santa Fe) el 20 de julio de 1825. Se alistó como militar en Caseros. Fue administrador de la Aduana, diputado y luego Gobernador de Santa Fe, senador en 1866 y en 1902 nuevamente diputado por su provincia, cargo en el que falleció el 12 de octubre de 1904.

ÁLVARO BARROS
Nació en Buenos Aires en 1827. Emigró junto a su familia a Montevideo en el gobierno de Rosas. Participó en las luchas intestinas y en la frontera sur contra los araucanos. Fue Presidente del Senado, asumiendo por su cargo la gobernación de Buenos Aires en 1874 durante el levantamiento de Mitre. Fue electo diputado nacional en 1876 y primer gobernador de la Patagonia en 1879.En su carrera militar llegó al grado de Coronel, falleciendo el 13 de enero de 1892. Dejó, entre otros, su famoso libro “ Fronteras y Territorios federales de la Pampa Sud”.


JOSÉ HERNÁNDEZ
Nació el 10 de noviembre de 1834. Participó de los enfrentamientos entre unitarios y federales., prestando diversos servicios en el ejército y luego como taquígrafo del Senado.. Fue famoso por sus enfrentamientos con Sarmiento que lo llevaron al exilio. En 1872 publicó el “Martín Fierro” y en 1879 fue electo diputado provincial editando” La Vuelta del Martín Fierro”.. En 1885 fue electo senador. Su preocupación por el gaucho y el hombre de campo, con los que se sentía identificado ,la mantuvo hasta su muerte, acaecida el 21 de octubre de 1886.

Daniel Eduardo Pérez

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